Bundesliga: Ascendió el St Pauli y los marrones festejaron a lo grande

Desde Hamburgo

Son las 10.20 del domingo en Hamburgo. Jairo toma cerveza en el bar Domschanke. Llegó más temprano para colgar la bandera. “Argentina es marrón y blanca”, se lee en alemán. Hace casi 20 años que un grupo de hinchas de Platense buscaba empatías cromáticas en otras partes del mundo y en esa ciudad portuaria dio con el St. Pauli. Empezaron a seguirlo, sumaron adeptos y fundaron un club de fans trasatlántico que desde entonces madruga los fines de semana con la segunda división de la Bundesliga. Pero hoy es diferente: Jairo toma cerveza en las inmediaciones del estadio, a más de 11 mil kilómetros de su casa, porque otros fanáticos como él hicieron una vaquita y le pagaron el pasaje. Y es que si todo sale bien este domingo asciende el St. Pauli: tiene que ganar o empatar.

“No me lo esperaba. Cuando mis amigos de la cancha me lo dijeron pensé que era joda. Juntaron vasos del estadio y los cambiaron por plata, por el depósito que te dan cuando los devolvés. Con eso, más algo extra que pusieron algunos, saqué el pasaje”, cuenta a Página/12 una de las cabezas detrás de Piratas del Sur, autodefinido «único fans club oficial de Argentina» del particular equipo alemán. En los últimos días durmió en el sillón de amigues que lo hospedaron. El sábado a la noche por poco se infarta cuando el primero en la tabla –el KSV Holstein, ahora segundo– casi le gana al tercero –el Düsseldorf–, dejando al St. Pauli en ascenso directo sin jugar. Quiere que eso pase en la cancha. Quiere poderlo gritar. Por eso llega temprano al bar, cuelga la bandera y exorciza los nervios «previando» temprano con los suyos: argentinos, uruguayos, españoles, polacos; hinchas de todas partes del mundo que visten casaca marrón.

Los hay más y menos suertudos. Como el hincha peruano que viaja en tren desde Berlín sin entrada, a probar suerte. O el de Lomas de Zamora pero que hace años vive en Barcelona, que también confía en que la reventa le dé su ticket a la jornada histórica. En el bar todavía no lo sabe, pero va a tener que ver de afuera casi todo el 3 a 1 contra el VfL Osnabrück, que trajo una hinchada bastante activa pese a ya no tener chances de zafar del descenso.

La peña argentina del St Pauli. / Foto Matías Cervilla.

Si en las últimas décadas del siglo pasado el equipo de Hamburgo fue noticia por su lucha antifascista y antiracista, contra el sexismo y la homofobia, en la Alemania que se debate sus banderas resuenan mucho más. En los últimos tiempos, la retórica política sobre la inmigración se vio sacudida por el éxito del partido de extrema derecha AfD, que va ganando adeptos y se vislumbra como el gran vencedor de los próximos comicios de Parlamento Europeo y las elecciones comunales y regionales de la república federal. Con más de 22 millones de inmigrantes y más refugiados que en ninguna otra nación europea, el país de los brazos abiertos parece ir camino a rediscutir esa tradición.

«Conozco gente de distintos países que viene sufriendo algún tipo de discriminación, a la que por ejemplo miran mal por hablar alemán con un poco de acento. Pero acá en Hamburgo por suerte no pasa, o pasa menos, porque es una ciudad portuaria acostumbrada al migrante y porque tenés al St. Pauli que pelea contra esa posición». Quien habla es Marina, argentina pero ahora hace cinco años residente local, que en diálogo con este diario cuenta que cuando conoció al club le gustó primero por sus posturas políticas de izquierda.

Festejos Marrón en las calles de Hamburgo. / Matías Cervilla

El St. Pauli, de hecho, fue el club que impulsó la campaña «Los refugiados son bienvenidos» (y organizó un torneo para ellos), además del primer equipo del país en prohibir cualquier actividad de tipo fascista o de ultraderecha. «Un antídoto para las personas que se han desilusionado del fútbol vacío y comercial», definió una vez el periodista germano Uli Hesse. Algo bastante lejano a la opulencia que en los últimos días mostraron los aspirantes a campeones Bayern Múnich y Borussia Dortmund. Se nota esta mañana en el bar Domschanke: hay lugar para todes o, como reza una de las tribunas del estadio, «ninguna persona es ilegal».

Minuto 80 y pico. Jairo ya llora hace rato y aunque el adversario acaba de embocar un penal el St. Pauli ya es puntero y uno de los dos nuevos equipos que jugarán la temporada 24/25 en primera división. Las puertas del estadio se abren y el hincha de Lomas y otros miles que quedaron afuera sin entrada son bienvenidos para celebrar como se debe. En unos minutos estarán saltando en el campo de juego, junto con los hinchas de todas las tribunas y los jugadores, en el festejo más épico de los últimos tiempos. Es solo fútbol pero se siente como algo más: una burla a la derecha que se viene, una gambeta al fascismo creciente, un regate al triste porvenir.

Después de todo ya lo dijo Ewald Lienen, exfutbolista y recordado director deportivo del club fundado en 1910: «Aquí la democracia se vive activamente con todas sus consecuencias. Quien no entienda esto no ha entendido el St. Pauli».

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