Cintia Ceballos: de la infancia en el Barrio Industrial a la poesía como refugio

La escritora rosarina Cintia Ceballos recuerda su niñez en el barrio Café con Leche, la violencia familiar y cómo la literatura se convirtió en su salvación.

Un niño y tres niñas vivían su infancia en el Barrio Industrial de Rosario a principios de los 80. La Virginia y Cotar eran marcas emblemáticas de la zona y le daban un bautismo lúdico: el barrio también se llamaba Café con Leche. Marcelo, Cintia, Lorena y Samanta eran hermanos, hijos testigos de un matrimonio complicado.

A Lorena le costaba dormir por las noches y le pedía a su hermana que la acompañara en el desvelo. Con el poder de ser la mayor de las mujercitas, Cintia se sentaba en la cama, doblaba una almohada a la mitad y fingía que era un libro de cuentos. Narraba una historia improvisada sobre seres pequeños que salían debajo de los azulejos para buscar quesito, pan y leche. “Siempre tuve mucha imaginación, y se ve que era convincente porque una vez mi mamá encontró a mis dos hermanas intentando levantar una baldosa del baño”, recuerda.

A los cuatro años ya sabía leer y escribir. Miraba cómo su mamá ayudaba a algunos niños con las tareas y entendió que hacían algo que ella no sabía. Insistió tanto que aprendió. A los nueve, su mejor amiga escribía y le leía en voz alta lo que registraba en su cuadernito. Así Cintia Ceballos empezó a escribir por imitación. “Imitación y falta me arrojaron a las letras”, dice.

Floreció: publicó cuatro libros, acompañó a poetas de todas partes, dicta un taller de lectura de poesía y formó una red de escritoras y escritores que la sostienen. “Todos los días de mi vida estoy leyendo, escribiendo, preparando clases o escuchando a gente leer sus producciones”.

Sharon Olds escribió Poema Tardío a Mi Padre. Cintia pensó que le hubiera gustado hacer lo mismo. Sentada en el corazón de su patio, con un mate y una torta de vainilla, recita los últimos versos: “me gusta pensar que le estoy dando mi amor directamente a ese niño en el cuarto del fuego”. “Este poema me hizo un click y empecé a dejar de sentirme víctima. La poesía me ayudó a entender un montón de cosas”, afirma.

Su infancia estuvo marcada por la violencia de su padre. “Mi padre fue un hombre violento”, dice. En épocas donde el apellido Barreda resonaba en los noticieros, los cuatro hijos sabían que en esa noticia había una amenaza y que esa amenaza era su propio padre. Cintia nunca le creyó y lo enfrentaba en silencio. Los domingos, el día de corte de uñas impuesto por él, ella se las comía durante la semana, imaginando que salían de su cuerpo las palabras que no podía decir.

Su libro Aquí también hay luz, prologado por Beatriz Vignoli, cierra con el poema Los hijos del monstruo: “Los hijos del monstruo se exorcizan día a día / se prometen a sí mismos no ser monstruos, / acariciarlo mansamente y escuchar lo que dice”.

A los 18 años empezó la carrera de Letras en la Facultad de Humanidades y Artes. Allí conoció a Marcelo, el cafetero, con quien se casó a los 19, pese a la oposición de su padre. Tuvieron tres hijos y trabajaron juntos en la facultad: Marcelo repartía café y Cintia ayudaba a prepararlo. Un día, en una jornada de Antropología, preparó una torta y scones que fueron un éxito. Sin planearlo, terminó cocinando diariamente cuatro tortas, 100 alfajores, 70 marcelinas, 350 chipas y 36 medialunas. “Era como la peli El día de la marmota”, dice.

La vida fue así durante veinte años. Cuando llegó la pandemia, la universidad les pidió firmar un documento que decía que no volverían. Entonces Cintia escribió una carta que se viralizó y llegó a los medios, pidiendo que Marcelo tuviera un cargo no docente. El cafetero, conocido por muchos, era ese que además de café sabía conectar los cables.

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