Un análisis sobre la concepción recaudatoria del poder durante el kirchnerismo, las anécdotas de financiamiento político y el contraste con el presente político en Argentina.
La relación entre el poder político y la recaudación de fondos ha sido un tema recurrente en la historia argentina reciente. Durante el kirchnerismo, bajo la presidencia de Néstor Kirchner (2003-2007), se configuró un sistema que algunos analistas denominan como «la chiquilinada de monetizar la presidencia», en referencia a prácticas de financiamiento político que involucraban la distribución de recursos entre allegados.
Según fuentes con experiencia política, existía una «cadena de la felicidad» que distribuía fondos a integrantes selectivos del bloque oficialista. El término «La Manuela» hacía referencia a la entrega en mano de estos recursos. En este contexto, se relata que un aspirante a gobernador se presentó en la Quinta de Olivos para solicitar apoyo económico al entonces presidente Néstor Kirchner, quien habría accedido a entregar «medio palo verde» (500.000 dólares) con la advertencia de mantenerlo en secreto para que no se enterara Cristina Fernández de Kirchner.
El kirchnerismo, como subproducto del peronismo, generó interpretaciones diversas. Algunos lo consideran un «líder de culto» y otros un «fenómeno delictivo». La complejidad del fenómeno radica en que ambas categorías podían aplicarse simultáneamente. La concepción recaudatoria del poder durante ese período implicaba monetizar la presidencia a través de lo que se denominaba «chiquilines marginales», en contraste con la actual gestión de Javier Milei, denominado «El Tertuliano».
Mientras Kirchner priorizaba la acumulación de recursos para la militancia, no se movilizaba por el enriquecimiento personal sino por contribuciones espirituales «para la política». Los fondos se obtenían de diversas fuentes, incluso de subsidios patrióticos. Se sospechaba que los bolsos con dinero partían los viernes hacia Río Gallegos desde la zona militar de Aeroparque, aunque no pudo probarse.
Entre 2003 y 2007, Argentina experimentó un período de crecimiento económico y circulación de dinero. El kirchnerismo imaginaba 20 años de poder, similar a las expectativas del mileismo actual. Sin embargo, la próxima disrupción podría ser la normalidad, con un sucesor de perfil institucional.
Kirchner se creía impune. En cada acto en la Casa Rosada anunciaba proyectos y condenaba la «corrupción menemista». Con el tiempo, algunos críticos descubrieron que los pecadores del menemismo habían sido comparativamente filántropos frente a los operadores kirchneristas.
Las anécdotas disparatadas del período derivaron en la situación judicial de Cristina Fernández de Kirchner, quien actualmente enfrenta una condena con tobillera electrónica. «Si Néstor viviera no estaría preso», se dice. La misoginia de la justicia reproduce el encierro de una figura que no era chorra y ni aceptaba «La Manuela».
En «Churrasquitos hervidos, billetes crocantes» se relata que Kirchner comprendió que se equivocó al no buscar la reelección en 2007 y ceder la presidencia a su esposa. Planeaba regresar en 2011, pero su muerte en octubre de 2010 truncó ese objetivo.
Por su parte, el presente de Javier Milei es contradictorio. El «mejor gobierno de la historia» se instala en la plenitud de la incertidumbre. Esta vez, su hermana Karina, conocida como «La Guantanamera», tampoco le garantiza la protección tradicional. El final está espantosamente abierto.
