David Lynch venía del fracaso de Dune (1984) cuando le pasó el guion de Terciopelo azul (1986) a Dino de Laurentiis luego que este lo instara a hacerlo, puesto que al director le parecía una pérdida de tiempo, convencido de que el magnate de la producción ya no le interesaría nada que viniera de sus ideas luego de la fallida (no a causa de Lynch, claro) adaptación de la famosa novela de Frank Herbert.
Se equivocó una vez más –a Lynch le gustaba decir que algunas de las mejores cosas surgen de equivocaciones–, porque De Laurentiis se conmovió de tal manera que apenas después de una primera lectura lo llamó y le propuso financiamiento. El disparador de la historia es nada más (o nada menos, también) que la canción “Blue Velvet”, que el cantante Bobby Vinton popularizó en 1964, a la que Lynch profesaba una especial devoción, sobre todo porque daba volumen a pasajes de la vida del propio realizador a sus veinte, en su Missoula natal (Montana), una población del interior profundo estadounidense donde todo parecía promisorio, salvo por las grietas vagamente ocultas desde donde surgirían los torbellinos que arrasarían con cualquier afán de prosperidad (el tan mentado sueño americano).
Lynch quedó prendado no solo de ese tema, sino de gran parte del cancionero de este cantautor, que a mediados de esa década fascinaba a la juventud de su país. Dijo el director una vez: “…Con Bobby Vinton desayunábamos escuchándolo en la radio y luego nos acostábamos con sus melodías en la cabeza y con sus letras nostálgicas, como si fuera un anclaje necesario para soportar ciertas cuestiones que no funcionaban en la realidad y más que nada en nosotros, los jóvenes…, pero ese tema siempre me impresionó por todo lo que su misma belleza podía ocultar”. Algunos de estos comentarios aparecieron en una suerte de documental que acompañaba la edición del film en video, donde además el director comentaba la genealogía de las principales ideas de su escritura.
Una cruda energía emocional
De algún modo, esa última parte de esas declaraciones de Lynch, condensa las líneas directrices de lo que sería el film; esa cruda energía emocional desplegada en ese apacible pueblito, a partir del itinerario de iniciación del joven Jeffrey Beaumont, cifra la infestación y el fracaso de los postulados del “bien”, entendido como relaciones encauzadas, prolijas, y sin cuestionamientos. Hay en Terciopelo azul una apropiación de esos tópicos para luego ponerlos del revés con la intención de develar sus desvíos, sus restos opacos y dolorosos. La película propone un relato ilusorio sobre la búsqueda de justicia, que sin embargo nunca aparece como un fin en sí mismo, sino como algo deseado, más introspectivo que declarado, casi como la versión autocomplaciente del improvisado investigador para constatar su propia hombría.
Y en eso Lynch pone toda la carne al asador a partir de la sinceridad y la honestidad del joven Beaumont, que ya dan las primeras señales mientras sostiene en su mano la oreja encontrada entre el césped. A ese pueblito que parece reunir la bondad y el don de gracia, donde la gente mastica frases hechas en un tono casi neutro, le supura pus por varios lados, oculta bajo relaciones de doble sentido y hasta algo cursis que, sin embargo, son la que estampan una verdad a la que se le notan las costuras, casi como si fuera una caricatura de sí mismo.
Finalmente serán esas escenas las que conduzcan, por medio de la portentosa narrativa de Lynch, a la tremebunda situación de esclavitud sexual que vive la golpeada (en todos los sentidos posibles) Dorothy Vallens, a quien no será fácil estereotipar, porque lo que se encuentra Jeffrey no es ninguna imagen cristalizada, sino la imagen de alguien que, en perversas y hasta absurdas instancias de sometimiento, tiene todavía viva la llama del deseo. Se sabe, el mundo de Lynch resiste las categorías, no hay nada inmutable o rígido; en todo caso lo que se sustancia es algo más relacionado con lo proteico –recurso que se instalará en los films por venir del director–, que el joven Jeffrey y su socia Sandy, no alcanzan a comprender del todo y solo atinan a querer salvar del hundimiento a la castigada cantante y descubrir un por qué siempre inasible, sobre todo porque para Lynch nunca hay un porqué, sino solamente un cómo.
Una atrapante lógica onírica
Ya pueden verse en Terciopelo azul la ironía y la hiperbolización que caracterizarán muchos de sus títulos posteriores; aquí concentrados en la figura de Frank Booth, el despreciable villano capaz de las más infundadas y atroces acciones, y que incluso motiva un disimulado embelesamiento del improvisado detective. Tanto Jeffrey como Booth le sirven a Lynch para una lúdica estética que hace derivar los rasgos posibles de una comedia romántica hacia los de un inquietante noir urbano, donde caben la sátira, la pesadilla, el abuso psíquico y una trama policial.
La secuencia en que Jeffrey se esconde en el placard de Dorothy, desde donde observará espantado ese encuentro sexual y maso entre ella y Booth, es la perfecta síntesis entre el horror y la fascinación que desde ese momento subsumirá al improvisado investigador, pero también pueden verse allí algunos de los rasgos clásicos del Lynch posterior sustanciados en el tono sardónico de la serie Twin Peaks; en el humor enfermizo de Corazón salvaje, o en el contraste entre lo sexual y la inocencia en Mullholland Drive, asomando aun tímidamente algunas de las ensoñaciones abstractas que campean en estos títulos. También ya están aquí esos giros singulares para que las puestas en escena de los espacios aparezcan serenas y confortables y luego vayan convirtiéndose en ámbitos claustrofóbicos donde la tensión y el suspenso acaben con cualquier luminosidad, volviéndolo todo tétrico.
Y de forma incipiente y menos expresa, pero que de alguna manera mantiene la unidad del relato, también tiene lugar esa atrapante lógica onírica que desafía toda explicación consciente. ¿Se trata de un sueño abrumador donde tallan el horror y la belleza a los que Lynch condujo a través de hundirse en los vericuetos de una oreja separada de su cuerpo?, ¿o es una historia realista despiadada con cruces que no ofrecerán ninguna calma, sino un derrotero de situaciones decadentes que harán que la propia Dorothy se erija por momentos en lo único familiar en el medio de ese desaguisado fatal? No importa en Lynch si su propuesta es satisfacer al inconsciente o promover una explicación consciente. “Que una película avance hacia lo desconocido, eso es lo atrapante para mí, porque detrás de la luz siempre hay cosas terribles. Eso es el cine: las luces se apagan, las cortinas se abren, y ahí vamos, sin saber hacia dónde. Es una sensación hermosa…”, supo señalar una vez.
El shock
Así, Terciopelo azul incorpora esos rincones rancios y en proceso de pudrirse de la mente y el alma humanas, lugares que son como napas subterráneas donde nunca llega la luz, pero a los que sin embargo Lynch permea hasta hacer que ocurra algo diferente, como si se tiraran cosas al aire para que el viento les dé otra dirección, provocando un efecto hipnótico en el espectador, que espera el choque con algo sólido que desbarate todo. “A veces se me ocurren cosas que hasta a mí me shockean, entonces trato de traducirlas y trasladarlas a la pantalla. Me gustan el fuego, el pegamento y, en especial, los accidentes que crean una tercera cosa”, afirmaría.
A cualquiera que no haya visto Terciopelo azul y le preguntaran por cuándo fue filmada, dudaría en responder, porque puede verse como un film hecho ayer; pero este exquisito y sobrecogedor relato fílmico cumple 40 años en 2026 y en él ya se patentan los tópicos, las figuras y los procedimientos de un narrador excepcional, dueño de esa admirable profundidad visual que combina con maestría dos notables referencias pictóricas –aquí en esos descollantes azules del cielo y de las noches y en los rojos y grises soliviantados de la habitación de Dorothy–, la del cronista Edward Hopper y la del subversivo Francis Bacon. Para Terciopelo azul, el tiempo no pasa.
