Los recientes episodios trágicos protagonizados por adolescentes en Santa Fe invitan a repensar la crianza y el rol de los adultos como referentes.
Los últimos acontecimientos que tuvieron como protagonistas a adolescentes en historias trágicas obligan a repensar la crianza. Nos preguntamos: ¿qué les pasa a los niños y adolescentes? Antes de responder, mirémonos un poco nosotros, los adultos. ¿Qué ven los niños cuando miran a los adultos? Aunque no nos escuchen, siempre nos están mirando.
Quizás no sabemos qué ven los niños y adolescentes de nosotros porque no nos atrevemos a preguntarles. Quizás intuimos que es un espejo que no deseamos mirar. Mejor suponer que sabemos lo que hacemos, esto nos tranquiliza pero no resuelve. Invitamos a la comunidad de adultos de nuestra sociedad a reflexionar y repensar qué estamos haciendo, qué estamos diciendo y qué nos estamos haciendo entre nosotros.
Podemos pensar y reflexionar sobre nuestra relación con la comunicación digital y analógica, las conductas, el autocuidado, las palabras utilizadas, las gestualidades, el nivel de las relaciones interpersonales, el respeto a las normas, la veracidad y coherencia, y la relación con los entornos sintientes y convivientes. Lo que hagamos será fuente de inspiración. De allí sacan la mayor información para generar una “descripción del mundo”, apoyada en algunas “conclusiones temporarias” para tomar sus propias decisiones.
Queramos o no, lo sepamos o no, somos sus referentes. De nosotros concluyen qué es lo valioso y lo importante y qué lo superfluo o descartable. Padres, abuelos, parientes, maestros, profesores, profesionales de la salud, vecinos, ciudadanos en general, y medios de comunicación y redes digitales. Tomemos de referencia solo a “Gran Hermano”, donde combatir, especular y manipular hasta la expulsión de un integrante del grupo es un juego estimulado perversamente donde las reglas cambian según el rating, y al que expulsan le hacen bullying en las redes y los programas accesorios de ignotos panelistas.
Los adultos no somos ejemplo de nada, pero sí somos referentes y orientadores. Y ellos nos necesitan. Estar, poner el cuerpo, escuchar mucho y hablar poco, pero con la verdad, y hacer presencia para que ellos sepan dónde pueden buscar refugio ante tanta crueldad, incertidumbre y desorientación. Ellos no pidieron venir al mundo. Es nuestra responsabilidad asistirlos, orientarlos, contenerlos y amarlos.
Entonces la pregunta es: ¿qué adultos disponen los niños y adolescentes para tomar de referencia? Ellos toman lo que somos, decimos y hacemos. Allí ponen a prueba nuestra congruencia, disponibilidad y solvencia emocional. Siempre estamos a tiempo de trabajar sobre nosotros mismos para ofrecer un presente y un futuro mejor para ellos.
