Milei y gobernadores: fotos y promesas en Tucumán sin mayoría asegurada

El presidente Javier Milei se reunió con gobernadores en Tucumán, pero no tiene garantizados los votos para aprobar reformas. La eliminación de las PASO es el objetivo central del Gobierno para el próximo trimestre.

El presidente Javier Milei consiguió la foto en Tucumán, pero no tiene los votos asegurados para aprobar una nueva tanda de reformas. Después de desprenderse de Manuel Adorni y aplacar las internas palaciegas, el mandatario volvió a mostrarse rodeado de gobernadores, aunque no cuenta con una mayoría garantizada hasta que la política active el modo electoral.

La madrugada tucumana sirvió para escenificar el relanzamiento. Dos años después del Pacto de Mayo, la imagen transmitió que el gobierno recuperó conducción, conserva capacidad de convocatoria y todavía cuenta con actores dispuestos a acompañar el trazo grueso de su proyecto. El problema es que las fotografías no forman quórum ni aprueban leyes.

Convertir esa disponibilidad general en votos concretos es la tarea de Diego Santilli, otro dirigente del PRO que llegó al equipo violeta como jugador libre, se puso a las órdenes de los hermanos Milei y terminó empoderado como ministro coordinador. Su ascenso confirma una paradoja de la nueva etapa: el gobierno que se propuso destruir a la casta necesita, en una hora crítica, a un profesional de la política para administrar las consecuencias de su antipolítica.

Santilli habla el mismo lenguaje que gobernadores y legisladores. Comparte sus códigos, entiende sus tiempos y maneja una lógica transaccional que Milei pretendió saltear: conversar, ceder, compensar y cumplir. Puede reconstruir vínculos y ofrecer un trato más previsible, pero será medido por los resultados. Su ventaja es el método. Su límite, los recursos. Puede abrir puertas, pero Toto Caputo sigue siendo el guardián de la caja.

El gran objetivo político del gobierno para el próximo trimestre es eliminar o, al menos, volver a suspender las Paso. La Casa Rosada presenta la iniciativa como una forma de reducir los costos de la política y simplificar el sistema. Detrás del argumento institucional hay motivos más terrenales: evitar el efecto primera vuelta de las primarias —y una reacción en los mercados como la que sufrió Mauricio Macri en 2019— y quitarles a sus adversarios una herramienta para resolver sus internas.

La dificultad es que el proyecto tampoco convence al PRO, al radicalismo ni a los provincialismos. Eliminar las primarias puede debilitar al peronismo, pero también dejarlos presos de la lapicera de Karina Milei: aceptar los lugares que ofrezca la conducción libertaria o competir por afuera y arriesgarse a la extinción.

La zanahoria son las colectoras: permitir que distintas listas legislativas se cuelguen de una misma candidatura presidencial. Una suerte de ley de lemas adaptada a la boleta única. Podría darles supervivencia a los socios menores, aunque también permitir que un eventual acuerdo entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof —hoy improbable, pero no imposible— contenga bajo una misma fórmula presidencial distintas nóminas de diputados y senadores.

La reforma expone una tensión mayor. Santilli debe convencer a gobernadores, radicales, dirigentes del PRO y legisladores sin territorio de que le entreguen a Milei una herramienta clave para buscar la reelección, mientras los aliados se preguntan cuánto espacio tendrán en un proyecto que no los incluye como socios. Una cosa es garantizar la gobernabilidad. Otra, firmar un cheque en blanco y resignar herramientas de poder.

Socialización de costos

A la fuerza, Milei entendió que no puede pedir votos solamente en nombre de la batalla cultural. Volvieron los ATN, algunos compromisos de obra y los anticipos de coparticipación. Más que un reparto de la abundancia, es una administración selectiva de la escasez.

El problema es que el grueso del ajuste sigue descargándose hacia abajo. Según la consultora Analytica, entre enero y junio las transferencias a las provincias cayeron 62,1% y la inversión en infraestructura, 32,4%.

El shutdown que Milei quiere importar de Estados Unidos ya funciona en el vínculo federal. La Nación frena obras y se retira de responsabilidades que las provincias deben asumir. El superávit se contabiliza en Buenos Aires; la factura se paga en el territorio.

Al menos, en el discurso oficial los gobernadores dejaron de ser degenerados fiscales y blancos de amenazas para convertirse en aliados necesarios. No quieren confrontar con un presidente que conserva centralidad y recuperó iniciativa. Pero tampoco quieren subordinarse a un proyecto que les pide acompañamiento político mientras les transfiere buena parte del costo fiscal y social de sus decisiones.

La política de los gobernadores es ni-ni: ni romper con Milei ni subordinarse. Acompañar sin firmar un cheque en blanco. Acercarse sin ser absorbidos, respaldar el rumbo general y preservar autonomía para defender recursos, reglas electorales e identidad propia.

A pesar de esas tensiones, Milei constató en Tucumán que todavía existe una coalición dispuesta a evitar el fracaso de la estabilización. No es un oficialismo ampliado ni garantiza una mayoría permanente. Pero mientras el gobierno ordene la política, mantenga la inflación cerca del 2% y evite sobresaltos cambiarios, los gobernadores tendrán pocos incentivos para confrontar. El límite está en la economía de la calle: la estabilidad debe traducirse en consumo, empleo e ingresos para que el acompañamiento no sea apenas un apoyo por default.

Los reclamos de Santa Fe

Maximiliano Pullaro se mueve dentro de ese escenario marcado por la balcanización política y las urgencias económicas. La reunión del miércoles pasado con Santilli sirvió para reafirmar la agenda de Santa Fe, sostener el canal institucional y obtener un nuevo compromiso para el traspaso de la ruta A012. En la Casa Gris, la expectativa es moderada: no es la primera vez que la Nación promete avanzar con una obra y después demora o incumple.

Pullaro tampoco quiere quedar en offside con una diferenciación anticipada. Sigue el manual que aplica desde diciembre de 2023: acompañar el rumbo general y concentrar los reclamos en infraestructura, producción, deuda previsional y recursos. Peleas defensivas, sí; oposición frontal, no.

Pero la cercanía tiene límites. Después de reunirse con Santilli, decidió no viajar a Tucumán el 9 de julio. El gesto le permitió marcar su propia independencia y recordar que la relación institucional no implica alineamiento automático. Pullaro conversa con el gobierno, pero elige las fotos en las que aparece.

Su discurso por el Día de la Independencia completó el mensaje. Como había hecho el 20 de junio, habló de construir una Nación con libertad, pero también con igualdad. Un alfonsinismo del siglo XXI que toma la palabra central del diccionario libertario y le agrega aquello que considera ausente: igualdad territorial, infraestructura, educación, producción y oportunidades.

Con esa fórmula, Pullaro les habla a tres públicos. A la Casa Rosada le avisa que Santa Fe acompañará el orden fiscal y las reformas que considere necesarias, pero no entregará su autonomía. A los sectores productivos les promete que seguirá reclamando un modelo que no se agote en la estabilización y vuelva a poner en el centro al trabajo, la infraestructura y la producción. Y al electorado santafesino le recuerda que el proyecto de Unidos conserva una identidad propia.

La prioridad de Pullaro está en Santa Fe. La reforma electoral definirá las reglas para ir en busca de su reelección y la gestión buscará plebiscitar sus resultados, con la reducción de los homicidios como uno de sus principales activos. La mejor plataforma para una eventual proyección nacional es apuntalar las bases de su construcción provincial.

La foto de Tucumán mostró que Milei volvió a ser el centro de gravedad. La negociación por las Paso determinará si esa centralidad puede transformarse en mayoría. Entre una escena y otra se mueve Santilli, encargado de reconstruir las leyes de la política que el mileísmo creyó poder derogar.

El gobierno salió de la fase antisistema, pero todavía no construyó un sistema propio. Tiene un líder, un norte y una coalición dispuesta a evitar su fracaso. Ahora enfrenta una tarea difícil: convencer a sus aliados de que le entreguen herramientas para la reelección sin saber qué lugar les reservará un eventual segundo tiempo del mileísmo.

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