Silencio Club: Un ciclo de escucha de discos en Audio Buró

El ciclo Silencio Club se realiza en el estudio Audio Buró, en el barrio del Abasto de Rosario. La propuesta consiste en escuchar dos discos completos, uno internacional o nacional y uno local, con presentación y conversación posterior. La cuarta edición enfrentó Music, Fashion, Film de Charli XCX con Inside Design de Ana Milagros y Yulo.

Por Lola Cattaneo / Especial para El Ciudadano

Barrio del Abasto. Una puerta se abre sobre avenida San Martín y, del otro lado, un territorio que para buena parte de quienes llegan es desconocido. Suben escaleras de mármol angostas características de estas casas antiguas que sobreviven desperdigadas por Rosario. Llegan a un living y tres habitaciones llenas de instrumentos: torres de sintetizadores analógicos y digitales, un Juno-106, un DX7, guitarras stratocaster, pedales, bajos, una batería Ludwig, un piano vertical Baldwin. Una casa de música.

Audio Buró abre sus puertas para una nueva edición de Silencio Club, un ciclo dedicado a la escucha de discos.

En una habitación esperan guitarras simétricamente separadas y puestas en sus pies. Bajos, amplificadores, pedales y una batería. No están ordenados como piezas de museo. Hay cables, fuentes, atriles, placas. Los equipos están encendidos, el estudio dispone los instrumentos, silencio invita a romper el silencio.

Hay algo muy activo en una propuesta que, paradójicamente, tiene como eje la contemplación. Se puede tocar antes o después de escuchar. La pregunta fundante parece ser ¿cómo hacen los que hacen un disco? Mientras los que hacen están también escuchando lo que hacen otros, dice Lucía Rodríguez, productora de Silencio Club. Hay un público muy hacedor.

Un estudio de grabación suele ser, por definición práctica, un espacio bastante cerrado, íntimo. Se entra a trabajar. Alguien graba, alguien produce, alguien opera. Los instrumentos tienen dueño y detrás de cada aparato existe cierto conocimiento previo que parece necesario para acercarse. Dani Pérez conoce esa distancia. Lleva más de veinte años trabajando en música y hace ocho que tiene Audio Buró junto con Fermin Sagarduy y Fabricio Silvestri. Cuando era más joven, recuerda, no era fácil conocer un estudio, visitarlo o encontrar a alguien dispuesto a explicar cómo funcionaban las cosas. Por eso una de las ideas que atraviesa al espacio desde el comienzo es exactamente la contraria; poder abrir el lugar a la gente para que conozca instrumentos que capaz son difíciles de conseguir o acceder, dice Dani. También compartir un sonido al que él mismo llegó después de mucho esfuerzo y trabajo.

En Silencio Club esa intención se cristaliza. El estudio se abre e invita a jugar más allá del conocimiento o el saber.

Un sentido

El ciclo empezó casi de casualidad. Durante el verano de 2026 Audio Buró organizó workshops de mezcla y producción, actividades educativas y un open house. Lu venía preguntándose, desde otras experiencias de escucha colectiva como el Festival Estéreo (festival de podcasts del que Lucía es productora) qué ocurría cuando por un rato las experiencias se vivían desde un solo eje sensorial. La conversación con Dani apareció sobre un diagnóstico que ambos compartían: algo había cambiado —y se había perdido— en la evolución de los soportes y las formas de escuchar.

Los equipos de música en casa se han ido perdiendo o modificando, dice Lu. Con eso, sostiene, también cambiaron las maneras de oír y contemplar. Entonces: si Audio Buró contaba con una tecnología cercana a aquella con la que los músicos piensan y producen sus discos, ¿por qué no usarla también para escucharlos?

No hay mucho silencio en Silencio Club. Abundan las conversaciones, los saludos (fenómeno poco habitual en la ciudad), las risas con puchos en el patio. El nombre recupera el Club Silencio de Mulholland Drive, de David Lynch, y también una canción de Sucesores de la Bestia, comenta Dani. Tiene que ver con la contemplación, sentarnos todos a escuchar un disco, en silencio o hablando, el silencio de la pantalla. Permitirse un momento de contemplación en esta época no es nada fácil.

El arte de escuchar un álbum completo, en orden, recuperando una idea original, sin hacer otra cosa. Para él hay algo generacional en esa práctica. Antes, la entrada a la música podía ser la radio o un soporte completo: primero se tenía el disco y dentro de él, se descubría una canción, una tapa, se seguían las letras. Escuchar constituía una actividad. Ahora, dice, la música se convirtió en el background de otra cosa. Ahí aparece una de las ideas más fuertes detrás del ciclo: escuchar música no produce nada. No acelera una tarea, no mejora necesariamente el rendimiento, no conduce a un resultado medible. Un disco dura lo que dura y exige su propio tiempo. Puede incluso tener una canción que no gusta tanto, una secuencia caprichosa o un tema que parece de relleno. No funciona como una playlist optimizada para sostener el interés. En ese sentido, para Dani, sentarse a escuchar vuelve a ser un gesto contracultural. Entregarse, soltar el celular, cerrar los ojos y despojarse de la exigencia permanente de finalidad. Silencio Club propone eso: sentir el silencio que produce un disco. Dar vuelta el juego y disponer nuevas tecnologías para la recuperación de una práctica primordial, la escucha.

Un juego de a dos

Silencio Club se organiza alrededor de dos discos: uno internacional/nacional y uno local. Apunta a lo macro y a lo micro. De lejos y de cerca, la contradicción atraviesa esta propuesta que sigue las reglas del inconsciente.

Antes de cada álbum hay una presentación; después, conversación. En el medio sucede el disco entero.

La curaduría tiene en cuenta varios factores: la duración —cuarenta minutos como referencia—, la paridad de géneros y, sobre todo, que los discos tengan una búsqueda en el audio, de estudio, explica Lu; artistas que piensen cómo va a sonar una obra y exploren las posibilidades de grabación. Nos interesa pensar cómo suena la época, qué texturas aparecen, qué instrumentos vuelven, qué tratamiento reciben las voces, qué lugar ocupan las máquinas, las guitarras o el silencio. Escuchar un disco, desde ahí, es una forma de registrar el presente: detenerse en las decisiones sonoras con las que una época habla de sí misma.

En esta cuarta edición, el diálogo se abre entre Music, Fashion, Film, de Charli XCX, con Inside Design, de Ana Milagros y Yulo.

Antes de escuchar a Charli Fabricio tira algunas coordenadas. Es el disco que llega después del fenómeno de BRAT, pero toma otra decisión: guitarras, formato banda, una estética más oscura. La primera frase del disco es “Mis amigos y yo” destaca Lu. Esa idea —hacer juntos, divertirse, recuperar cierta intimidad dentro del proceso— reaparecerá un rato después en Inside Design.

Ana y Yulo cuentan que el disco apareció cuando la música había empezado a pesar demasiado. Profesionalismo, responsabilidad, compromiso con la palabra, preguntarse continuamente qué decir y por qué. Habían perdido lo más elemental: divertirse. Tomamos la decisión de que el único punto para crear este disco era volver a disfrutar, cuenta Ana en ese espacio que abre Silencio para que la distancia entre quien hace y quien escucha se acorte. La escena que recuerda es bastante menos solemne que la idea de “hacer un álbum”: dos amigos riéndose, tomando un vino, viendo qué música podía aparecer.

Después de escuchar el álbum la gente pregunta: por la voz, por las letras, por la guitarra criolla, por el freestyle, por Rincón, por cómo se arma una canción. Los artistas mencionan a Rihanna, Mercedes Sosa, Jorge Fandermole, Larry June. Alguien escuchó un pájaro convertido casi en percusión y pregunta por eso. Para Lu, lo local empezó siendo una idea chiquita y terminó transformándose en el corazón de Silencio. Hay algo especial en escuchar a una artista sentada en la misma habitación y verla volver sobre su obra. Es un momento de mucha intimidad, personas que no necesariamente se conocen compartiendo algo íntimo mediado por la música, destaca Lucía. El disco deja de ser algo terminado y vuelve a abrirse.

Abrir

Ana habla también de Rosario. Llegó desde Santa Fe capital y encontró más lugares para tocar, producir y trabajar con otros, aunque también señala la contradicción de una ciudad con mucha potencia artística y pocos espacios equivalentes. Su respuesta frente a eso fue elegir la comunidad: los once videos de Inside Design involucraron a veintiún personas de Rosario. Las personas que yo admiro están acá, dice Ana, y resume esa lógica en una idea: una decisión individual encuentra un equipo y se vuelve colectiva. La filosofía del hip hop.

Algo de eso explica también el estudio abierto. Para Lu, hay una generosidad concreta en la decisión de Dani de dejar entrar: entender el valor que tiene contar con un lugar así y permitir que alguien que quizás tenía vergüenza o timidez de pedir un turno pueda conocerlo de otra manera. Que vea que ese espacio existe y que también puede ir ahí a grabar o trabajar.

Lu dice que la música, en el fondo, es también una excusa para “poner el cuerpo” e ir hacia el encuentro. Dani habla de una práctica sin productividad ni finalidad. Los dos caminos terminan cerca: abrir un espacio, poner pausa y disponer instrumentos y un tiempo para que la atención no tenga que servir para otra cosa.

Afuera sigue todo lo demás. Adentro empieza otro disco.

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