El ministro de Educación de Santa Fe, José Goity, se refirió a los resultados de las pruebas Pisa y sostuvo que el diagnóstico coincide con las evaluaciones provinciales y nacionales. Afirmó que la dificultad principal es la comprensión lectora y abogó por una política educativa nacional que sostenga el financiamiento y exija resultados.
Para el ministro de Educación de Santa Fe, José Goity, los resultados obtenidos por los estudiantes argentinos en las pruebas estandarizadas Pisa «no resultan sorprendentes». Aclaró que se trata de una evaluación internacional que funciona «como un parámetro general» y que en el caso santafesino la muestra involucró a 16 escuelas. Sostuvo que sus resultados coinciden con el diagnóstico que la provincia realiza a través de sus propias evaluaciones y de las nacionales Aprender.
La principal conclusión del ministro es que el problema es «sistémico, de funcionamiento de la educación» y no puede cargarse sobre los estudiantes, los docentes o las familias de manera individual. Según Goity, durante años se perdió el foco en los aprendizajes y se debilitó la evaluación, la capacitación docente y el reconocimiento a quienes obtienen resultados destacados. Además, se perdió la autoridad pedagógica.
—¿Qué análisis hace de los resultados de las pruebas Pisa?
—Las pruebas no arrojan un resultado que nos resulte sorprendente. Hay que aclarar previamente que las pruebas Pisa son una evaluación global, como una especie de foto satelital. No tiene datos precisos ni nos permite tener información de calidad en torno a los resultados educativos, pero sí nos marca un parámetro que no nos sorprende, porque lo que las pruebas arrojan es lo que nosotros vemos a diario en el sistema educativo y el diagnóstico que ya teníamos y que hemos esbozado en algunas oportunidades cuando hablábamos de «catástrofe educativa».
No son representativas estas evaluaciones porque implican 16 escuelas de la provincia de Santa Fe. Entonces, no es que podamos sacar información relevante. Pero sí marcan que la Argentina pasó de ser un sistema educativo de referencia a nivel mundial, liderando Latinoamérica durante mucho tiempo, a decaer -a partir de los últimos 20 años- en la calidad educativa, específicamente de los aprendizajes.
Hoy estamos abajo de Uruguay, de Chile, de Perú, de Brasil, de Colombia, de Ecuador. Algunos de estos países -inclusive- tienen una inversión educativa menor a la que tiene la República Argentina. Entonces, el primer dato que tenemos que tener es que el sistema educativo argentino tiene problemas en cuanto a su función esencial y fundamental, que es producir aprendizajes. Y son los que Pisa evalúa en alumnos de 15 años en el mundo.
—¿Hay un desagregado de los resultados de las escuelas santafesinas?
—No tenemos información desagregada como sí tienen algunas otras provincias que firmaron un convenio especial para poder tener una muestra más representativa. Pero no está muy distante de las evaluaciones que nosotros hacemos en la propia provincia y las que se hacen a nivel nacional con Aprender. Lo que sí marca es cómo ha perdido competitividad la República Argentina en términos de sistema educativo. En definitiva, lo que nosotros tenemos -y lo quiero remarcar- es un problema sistémico, a nivel de funcionamiento de la educación.
No podemos decir que es responsabilidad de los alumnos, que en definitiva son víctimas; tampoco de los docentes, porque forman parte de un sistema educativo; y tampoco exclusivamente de las familias. Es un problema en donde, a lo largo de los años, hemos ido perdiendo y empobreciendo el sistema educativo por múltiples razones; no hay una sola.
Claramente, haber perdido el foco en los aprendizajes, no haber reforzado algunas cuestiones como el foco en la evaluación, en la capacitación docente, en premiar a los docentes que tienen resultados extraordinarios, ha ido generando una cultura que muchas veces se amparó en posturas ideológicas. Por ejemplo, que evaluar estigmatiza al chico o que el «avance continuo» y la «no repitencia» son una manera de alentar a los alumnos o de cubrir ciertos déficits. Esas cuestiones creo que han ido causando un deterioro que hoy vemos en este tipo de resultados.
Comprensión lectora
—Los datos son alarmantes en todas las áreas, pero más en Matemática. ¿Pasa lo mismo en las aulas de Santa Fe?
—Son alarmantes en general. Inclusive hay una caída a nivel mundial de los resultados que tienen que ver probablemente con la pandemia y con otros factores, en gran medida también el uso de pantallas. Hay algunos problemas que son transversales: el problema es que como país arrancamos de un piso más bajo, entonces nuestras caídas son más alarmantes.
Obviamente que en Matemática tenemos una dificultad, pero la principal radica en la capacidad de comprensión lectora. Por eso desde la provincia de Santa Fe nos pusimos una estrategia que es mejorar de manera consistente los aprendizajes, empezando por aquellos que son fundantes.
No puede haber un buen desempeño matemático si no hay una capacidad de comprender la consigna y no se puede comprender una consigna si no domino el código de la escritura. Y eso empieza en 1er. grado, puede empezar antes. Por eso, el Plan Raíz apunta a consolidar esos aprendizajes fundamentales.
—El especialista Axel Rivas plantea que el abuso de pantallas está produciendo un cambio cognitivo. Que los alumnos leen más rápido los problemas y contestan más rápido, pero eso también lleva a equivocaciones. ¿Coincide?
—Sí, de manera muy intensiva y a temprana edad van modificando y perjudicando las capacidades de adquisición de habilidades, por ejemplo, la lectura, pero también el análisis y la concentración. Hay un montón de habilidades cognitivas que el uso indiscriminado de pantallas afecta. Por eso nosotros prohibimos tajantemente el celular y los dispositivos digitales en la educación primaria, y lo restringimos severamente para el colegio secundario. Aún así hay que mirar que en los países sobre los cuales Pisa tiene aplicación, todos tienen problemas similares y todos han caído de manera importante.
Por qué otros países están mejor
—¿Qué pasa en la Argentina con relación, por ejemplo, a Chile y Brasil? ¿Por qué estamos peor que esos países en algunos aspectos?
—Hay muchos temas que son confluyentes, pero hay algunos que son generales. Problemas con la situación del salario docente, la situación de la inversión educativa son similares en América Latina, con variaciones de acuerdo a las épocas. Pero no hay grandes diferencias. Vuelvo a repetir: hay países que invierten menos en educación de lo que invierte la República Argentina.
Los recursos son importantes y en educación siempre tienen que incrementarse. Pero me parece que el problema de la República Argentina no es exclusivamente de recursos, sino que aun incrementando los mismos, no vamos a obtener mejores resultados si no transformamos y modificamos el sistema educativo.
Chile lo hizo. Uruguay, que tiene muy buenos resultados, lo hizo. Y especialmente Brasil, en contextos muy complejos, tiene muy buenos resultados educativos. Brasil lleva 20 años con una política educativa, por ejemplo, asignando recursos de acuerdo a cuál es el resultado de las pruebas estandarizadas de fluidez lectora, tanto para los estados como para los municipios.
Eso en Argentina durante mucho tiempo fue visto como algo impensado y muy cuestionado. En Brasil dio resultado y en Chile, lo mismo. Chile tiene mecanismos de evaluación de aprendizajes nacionales muy rígidos y muy rigurosos y le está dando resultado. Es decir, lo que pasa en Argentina durante mucho tiempo es que, así como la escuela de Sarmiento fue precursora y pionera en un sistema educativo muy potente que todavía tiene muchas potencialidades, fue perdiendo terreno frente a políticas estatales que otros países sí tomaron.
Acá estamos viendo el vaso medio vacío y tenemos que ver también cuáles son nuestras potencialidades, que son muchas. El sistema educativo argentino es muy potente, tiene un nivel de cobertura que es envidiado por otros países, tiene un nivel de retención de los alumnos muy alto y buenas tasas de graduación, aunque pueden mejorar, sobre todo en secundaria.
«Debate incómodo»
—Entonces, ¿dónde tenemos el problema?
—El problema lo tenemos en qué aprenden y cuánto aprenden los alumnos. Por eso son tan importantes las pruebas de evaluación de aprendizaje. Y, de alguna manera, que Santa Fe a lo largo de toda su historia, con el sistema educativo que tiene, no haya tenido nunca una prueba propia de aprendizajes marca también qué se ha priorizado en la política educativa. Eso explica, en cierta medida, por qué tenemos los resultados que tenemos y por qué Santa Fe está en el promedio de las provincias argentinas cuando debería estar liderando, en un país que está a la cola de los países latinoamericanos.
Ahí hay mucho para hablar y es un debate incómodo. Muchas veces no es lo que queremos ver, no es lo que nos gustaría decir, pero es la realidad. Y lo que nosotros no podemos hacer es obviar la realidad. La tenemos que abordar, diagnosticar y transformar, aunque a veces duela y aunque recibamos críticas por determinadas cuestiones o planteos en educación.
Además, con el tiempo a la escuela se le fue exigiendo cada vez más cosas y, por lo tanto, también a los docentes, sumado a que se fue perdiendo la autoridad pedagógica del docente, del directivo y de la escuela. Para avanzar hay que trabajar también en estas cuestiones.
—¿Se necesita una política fuerte a nivel nacional para evitar una mayor fragmentación entre las 24 jurisdicciones, cada una con su sistema educativo?
—El deterioro del sistema educativo empezó en los 90 con la política que denominamos menemismo, con la descentralización y el traslado de la educación a las provincias completamente; y había empezado antes con la dictadura. De hecho, las escuelas secundarias más importantes, como los normales y los nacionales, eran de Nación. Todo eso se fue transfiriendo a las provincias y eso fue perjudicial, porque se perdió esa alianza y ese trabajo conjunto entre Nación y provincias.
Después tuvimos otra instancia en la cual hubo mucho presupuesto, pero no puesto en los aprendizajes. Y ahora, como en Argentina tenemos conductas muy pendulares, estamos en un retiro del Gobierno nacional, planteando que la intervención en otras épocas no dio los resultados que debió haber dado. Entonces hace un retiro de financiamiento.
Nuevamente es una equivocación. Hay que sostener el financiamiento nacional, porque a través del mismo se pueden fijar prioridades y políticas articuladas, exigiendo resultados. Esto no se vino haciendo en los últimos 20 años en la Argentina: exigir un resultado, una rendición de cuentas en términos de aprendizaje. Por eso, la Nación tiene mucho para trabajar. Tenemos que salir de esta relación pendular en donde damos todo a cambio de nada, sin ninguna rendición de cuentas, o retiramos todo y abandonamos las políticas nacionales.
«Inclusión con conocimiento»
—Durante bastante tiempo se puso el foco en la inclusión educativa en el nivel secundario, producto de la obligatoriedad. ¿Considera que esto juega en contra de la calidad?
—No hay que ser taxativo. Pero sí puedo afirmar por lo menos dos cuestiones. La primera: la escuela incluye con el conocimiento. Obviamente que para poder incluir con el conocimiento necesitamos dar cobertura, alimentación, acompañamiento e integrando a la familia. Pero si eso no se traduce en aprendizaje y conocimiento, la escuela no cumple su función.
También hay que tener en cuenta que la escuela tiene que rendir cuentas en términos de los aprendizajes. La obligatoriedad del nivel secundario fue un avance para la Argentina, pero yo tengo que garantizar el egreso con los aprendizajes adecuados. Si no, y puede sonar feo, termina expulsando a los chicos de la escuela, egresándolos, sin tener los conocimientos. Y cuando van al mundo del trabajo, a la universidad, a la vida, se encuentran con que no tienen las herramientas que nosotros dijimos que las tenían porque les dimos el egreso.
Hay que sincerar el sistema, porque durante mucho tiempo rompimos el termómetro con el rechazo a las evaluaciones estandarizadas con múltiples excusas y argumentaciones. Algo parecido a lo que pasó con el Indec: terminamos ocultando la realidad que no queremos ver, pero la realidad sigue estando ahí. Si yo no evalúo, no sé cuáles son los conocimientos que tienen mis chicos, y en definitiva me engaño y los engaño a ellos.
Es parte del debate que tenemos que dar y que nosotros -por lo menos- estamos dando. Por ejemplo, incorporando en la Constitución provincial, a partir de la reciente reforma, la obligatoriedad del Estado de rendir cuentas en términos de aprendizaje.
