Emmanuel Carrère y Leila Guerriero dialogaron ante 800 personas en la UBA

El escritor francés Emmanuel Carrère y la periodista argentina Leila Guerriero protagonizaron una conversación en el marco del Festival Internacional de Literatura (Filba) en la Facultad de Derecho de la UBA. Carrère respondió preguntas sobre su obra, su proceso creativo y su visión de la escritura.

El escritor francés Emmanuel Carrère y la periodista y escritora argentina Leila Guerriero dialogaron este viernes ante más de 800 personas en la sala de Actos de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA). La actividad formó parte del Festival Internacional de Literatura (Filba), que cuenta con el apoyo de Clarín y la revista Ñ.

Guerriero presentó a Carrère y agradeció a las personas que llenaron el lugar. Durante su intervención, calificó al autor francés como «uno de los más extraordinarios y admirados autores contemporáneos».

La conversación recorrió la obra de Carrère, desde su adolescencia hasta su libro más reciente, Koljós. El escritor afirmó que tiende a evitar las opiniones: «Desconfío de mis ideas», declaró, y diferenció dos tipos de reporteros: «los que escriben análisis o editoriales, que ofrecen su mirada sobre las cosas; y los que hacen reportajes y tratan de ver los hechos concretos». Indicó que se identifica con el segundo grupo.

Consultado sobre su adolescencia, Carrère sostuvo que tuvo una buena niñez: «En el fondo, he tenido una infancia muy agradable, muy unido a mi madre y, cuando ese período de la vida se fue desarmando, de alguna manera me sentí expulsado del paraíso». Añadió que parte de esos años se narran en Koljós.

Respecto de la extensión de esa etapa, bromeó: «Es un largo, largo periodo, una larga adolescencia, que no sé hasta qué punto se habrá terminado». Luego afirmó: «Tengo tendencia a pensar que estamos en la Tierra no necesariamente para ser felices, pero sí para mejorar un poco. Y no solo moralmente, porque mejorar significa también saber un poco más, tener una mirada un poco más abarcativa, entender más sobre nosotros mismos, sobre lo que nos importa, lo que se dice muy bien en inglés, to think out of the box. Es decir, estamos aquí para eso, para intentar entender un poco mejor dónde estamos, a qué nivel estamos, cuáles son nuestros sueños e intentar, en algún sentido, alcanzarlos».

Carrère también se refirió a los períodos depresivos que atravesó en su vida adulta y que plasmó en su obra. Mencionó que el más dramático aparece en Yoga, cuando terminó hospitalizado y tratado con electroshock. «En esos momentos –compartió–, tenía la sensación de estar ante Medusa, que te petrifica. Me sentía literalmente, petrificada, paralizado, con una sensación de pavor, y eso se tradujo en una especie de episodios que me duraron, en ambos casos, varios años. En esas temporadas, estaba totalmente convencido de que nunca volvería a escribir».

Agregó que el paso del tiempo le permitió relativizar esos sentimientos: «Y ahora me digo, ‘Bueno, ya me he dicho eso varias veces y siempre he vuelto a escribir’. En este momento, por ejemplo, estoy en esta situación, no tengo ningún proyecto de libro. Empieza a angustiarme un poco, pero es una angustia que, a pesar de todo, se ve atenuada por la experiencia de saber que ya ha pasado antes».

Guerriero indagó sobre el proceso de escritura de El adversario, libro sobre el asesino múltiple Jean-Claude Romand. Le preguntó si le había costado escribir la carta que le envió a Romand. Carrère respondió: «Me ha costado muchísimo, evidentemente, escribir esta carta». Aclaró que no consideraba que fuera un mensaje carente de complacencia: «En un momento dado, le digo, refiriéndome a sus crímenes: ‘No me interesa lo que has hecho, sino lo que te ha pasado’. Eso sí que es complacencia. Aunque no fue algo consciente por mi parte, no fue calculado porque yo efectivamente pensaba que alguien que hace eso, en realidad, está tomado por fuerzas que son solo suyas».

Recordó que Romand «veía su historia como una tragedia que le había ocurrido, de la que se suponía que él también era víctima, y no solo un monstruo que había acabado con toda su familia. Esa ambigüedad estuvo constantemente presente en la redacción del libro».

Sobre la recepción de El adversario, Carrère comentó: «Comprendí que, si tuvo éxito, fue porque muchísima gente se identificaba con él, con el hecho de decir pequeñas mentiras para intentar preservar la imagen que queremos dar a la sociedad e incluso con esa sensación de verse atrapado en una etapa de la vida en la que eso ocurre. Creo que es algo que todos lo conocemos». Concluyó: «si al principio tenía la impresión de que estaba lidiando con una historia monstruosa y que eso significaba que yo mismo era un monstruo, me reconfortó mucho darme cuenta de que se trataba, sencillamente, de algo que concierne a la mayoría de la gente».

Guerriero preguntó sobre el vínculo entre Carrère y el horror: «¿es una forma de afrontar, de escuchar o de mantener la distancia?». El escritor respondió: «Recuerdo que, precisamente en la época de los atentados contra el Estado de Francia y de la sala Bataclán, había un político que era nuestro primer ministro, se llamaba Manuel Valls y decía que intentar entender era el primer paso para disculpar. Yo no estoy de acuerdo, no estoy en absoluto de acuerdo. Intentar comprender es nuestro trabajo como escritores. Es lo que pasó en los juicios por aquellos atentados terroristas que yo cubrí durante un año y que aparecen en mi libro V13. Yo considero ese juicio ejemplar».

Explicó que en ese proceso judicial se invirtieron los lugares de interés: «Un juicio siempre tiene una dramaturgia absolutamente fascinante. Si hubiera tenido que especializarme en el ámbito del periodismo, sin duda alguna, habría sido cronista judicial. Es realmente una profesión que me gusta mucho; me gusta mucho la gente que se dedica a todo eso. Y hay algo que va de la mano con esto y es que, normalmente, nos interesan mucho más los delincuentes que sus víctimas. Pues bien, en los juicios del V13, lo que ocurría era nuevo, era justo lo contrario, es decir, que los padres, los supervivientes, toda la gente que estaba del lado de las víctimas tenían era una experiencia humana apasionante, mientras que los criminales que cometieron ese delito, los que estaban en el banquillo, eran, al fin y al cabo, siniestros e impecables. Resultaba muy difícil interesarse por ellos».

La conversación también abordó Una novela rusa, libro en el que Carrère narra la vida y desaparición de su abuelo materno, probablemente asesinado por colaboracionista del nazismo. El libro generó disgusto en su madre, la académica Hélène Carrère d’Encausse, quien dejó de hablarle durante dos años. Carrère recordó: «Si tu padre muere cuando tienes 15 años, es duro. Si tu padre desaparece cuando tienes 15 años. Es algo totalmente distinto, como bien saben ustedes en este país, porque el duelo es imposible. Y en tercer lugar está el hecho de que no solo desapareció, sino que además estaba del lado equivocado, es decir, del lado de los colaboracionistas».

Agregó: «En el fondo, mi madre tuvo que enfrentarse a eso y tuvo que intentar proteger a su hermano pequeño. Tengo la impresión de que ella debe todo su extraordinario éxito social, su extraordinaria integración en la sociedad francesa, al hecho de que su padre había vivido y había muerto como un paria en esa misma sociedad francesa. Mi madre se construyó a sí misma a partir de eso. Y lo que me conmovió, cuando quise hablar de ello, es que se puso muy mal. Era como si, a pesar de ser una mujer de 75 años muy famosa y muy respetada, siguiera siendo aquella chica de 15 años con un apellido imposible de pronunciar (Zourabichvili) y un padre paria. Ella tenía mucho miedo de que eso provocara una catástrofe en su vida, ya fuera una especie de caída social o algo así. Evidentemente, no pasó nada. Evidentemente, nadie tuvo la más mínima intención de reprocharle que su padre fuera colaborador».

Mencionó que años después su madre le dijo que había hecho bien en escribir ese libro: «Cuando pasas la vida con una espada de Damocles colgando sobre tu cabeza y la espada de Damocles cae y no pasa nada, no hay ningún problema, pues es un alivio».

Al finalizar, cuando Guerriero anunció su última pregunta, Carrère se decepcionó: «Podemos quedarnos más, ya que la estamos pasando tan bien», propuso. La periodista aceptó y continuó con más preguntas. Carrère ya había recorrido su obra, hablado de su padre, de su madre, del lugar del escritor, de la capacidad de entender sin perdonar, de las diferencias entre escribir ficción y no ficción, la fe y el fanatismo.

«Es simplemente lo que me gusta hacer y no veo por qué debería privarme de lo que me gusta hacer. Pero, además, escribir es lo que me hace feliz. Tengo la sensación de ocupar mi lugar en el mundo cuando escribo», concluyó Carrère. Al saludarse, abrazarse y tomarse una foto con las 800 personas, sonó una ovación para Leila Guerriero y Emmanuel Carrère.

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